
En Barbosa, Antioquia, hay un personaje que rompe todos los esquemas de la Semana Santa.
No es un santo.
No es un apóstol.
No es una imagen solemne.
Es el diablo.
Y aunque pueda parecer extraño, es también uno de los símbolos más profundos de la fe y la cultura del municipio.
Una tradición con más de 60 años
Esta tradición, que lleva más de 60 años, nació en Barbosa con el impulso del padre Luis Eduardo Pérez, cuando un habitante del municipio asumió por primera vez el papel del diablo, recorriendo las calles con una vejiga de novillo inflada, preparada previamente por el grupo de sayones.
Quien primero asumió este papel fue Carlos Meneses, de la vereda Isaza, marcando el inicio de un legado que durante años se mantuvo dentro de su familia y que hoy hace parte de la memoria viva del municipio.
Cuando el diablo aparece, todo cambia.
Las calles se llenan de movimiento, de gritos, de risas. Hay quienes corren, quienes se esconden y quienes, entre juego y picardía, lo acercan a otros para que reciban el famoso “vejigazo”.
No es miedo real.
Es tradición.
Es parte de una escena que el pueblo ya conoce… y espera.
Porque más allá de lo curioso o lo inesperado, el diablo ya hace parte de la identidad del municipio, apareciendo junto a la procesión del Resucitado como un símbolo que, lejos de alejarse de la fe, la complementa y la hace única.

No es adoración: es un mensaje
Aquí es donde muchos se equivocan.
El diablo de Barbosa no es una exaltación del mal, ni mucho menos una adoración.
Es todo lo contrario.
Es una representación simbólica:
- El diablo sale a las calles
- Persigue a los “pecadores”
- Genera caos, ruido y provocación
Pero al final… aparece Cristo resucitado.
Y es en ese momento donde todo cobra sentido:
El mal huye.
El orden regresa.
La fe triunfa.
Es la representación viva de que el bien siempre vence sobre el mal, y de que la comunidad se renueva espiritualmente.
El vejigazo: entre tradición y diversión
Uno de los elementos más llamativos es el famoso “vejigazo”.
El diablo recorre las calles golpeando a las personas con una vejiga inflada de res, preparada artesanalmente días antes .
Pero lejos de ser agresivo, este acto se convirtió en parte de la tradición:
- No busca hacer daño
- Es simbólico
- Es incluso esperado por muchos
Es una mezcla única entre ritual, cultura popular y juego colectivo que hace que la experiencia sea completamente distinta a cualquier otra Semana Santa.

El final: el fuego que limpia
La escena final es tan poderosa como simbólica.
Al terminar la procesión del Domingo de Resurrección, un muñeco que representa al diablo es quemado en el parque principal, como acto de purificación .
Ese fuego representa:
- El fin del mal
- La limpieza espiritual
- El renacer de la comunidad
Es el cierre perfecto de una narrativa que comienza con el caos… y termina con la redención.

Una tradición que pasa de generación en generación
Ser el diablo en Barbosa no es un papel cualquiera.
A lo largo de la historia, diferentes personas del municipio han asumido este rol, manteniendo viva la tradición por décadas .
Hoy, son muchos los jóvenes que continúan ese legado, heredado en sus familias, con orgullo y responsabilidad.
Porque aquí no se trata solo de disfrazarse.
Se trata de representar una historia que pertenece a todo un pueblo.
Extraño, sí… pero profundamente nuestro
Puede parecer contradictorio que en una celebración religiosa aparezca el diablo como protagonista.
Pero en Barbosa tiene todo el sentido.
Porque esta no es una historia de oscuridad.
Es una historia de luz.
Una tradición que mezcla:
- Fe
- Cultura popular
- Teatro
- Identidad
Y que demuestra que, incluso en las formas más inesperadas, la Semana Santa sigue siendo un mensaje de transformación, de comunidad y de esperanza.
